Fingir que no la necesitaba habría sido despreciarla de tal forma...
Me había largado de casa hacía tan sólo unas horas, pero su cuerpo yacía ya inerte sobre la cama, exhausto, saturado de placer.
Observaba
su piel, pálida, que contrastaba con aquel tatuaje colorido que lucía
en el costado derecho. Discreto, pero importante. Sin él no sería ella.
Solía compararlo con los míos, y me chocaba que aquel pequeño dibujo
eclipsase todos los tatuajes que cubrían el noventa por ciento de mi
pecho y brazos.
Dormía sin preocupaciones, sin moverse ni un milímetro, desnuda y con su cabello naranja enredado tapándole la cara.
Trabajaba
de camarera en la avenida aérea del nivel dos, cobrando un sueldo que
apenas le llegaba para pagar el alquiler de su piso, por ese motivo
solía ser yo quien pagaba las habitaciones del hotel donde siempre nos
encontrábamos. Como hoy.
El
lugar se encontraba a una altura privilegiada, en un nivel cinco según
la escala de edificación vertical, método de clasificación que había
surgido hacía unos viente años debido a la creciente densidad humana. El
planeta se encontraba hiperpoblado.
Me sorprendía el hecho de que cada vez que quedábamos me encontrara más cerca del cielo que de la superficie de La Tierra...
Allí
tenía que acostumbrar mi oído a la ausencia de tráfico. La curiosidad
me invadía y estiraba el cuello para mirar por la ventana circular y
averiguar si la habitación daría a la avenida principal o a uno de los
tres callejones.
Al inclinarme un poco más hacia ella, el peso de mi cuerpo sobre el colchón la despertó.
(...)
