Había vuelto a quedarme sin blanca, y no había cosa que odiase más que chupar pollas de taxistas. En ocasiones hacía autoestop, pero era algo más peliagudo. Total, ya había aprendido a aguantar mis arcadas.
A pesar de todo lo que me costaba aquel medio de transporte, nunca hacía que me acercasen hasta casa, siempre solía bajar tres o cuatro manzanas antes. Generalmente los tipos que dicen que sí a una mamada a cambio de un viaje en taxi no suelen ser los típicos que quieres que sepan donde vives. A la mínima se piensan que te prostituyes por gusto.
"No soy una puta... No, no. No lo soy", pensaba intentando convencerme a mí misma, "Esto sólo es... Temporal".
Caminando por las serpenteantes calles de las afueras de la capital, me sumí en mis convicciones.
El viento helado corroía mi cuello y cortaba mis labios secos. Las luces de las farolas filtrándose entre las ajetreadas hojas de los árboles recreaban aquel ambiente inmerso en llamas, mi infierno, aquella mente incendiada y la pasión irrefrenable por besar los fríos bordes de la botella de whisky que me esperaba por las noches al volver a casa.
Congelado en el tiempo, mi mundo ardía, pero seguía conservando parte de mi dignidad.


