miércoles, 6 de noviembre de 2013

"Lo perdido se asume, lo que queda se defiende"

Sus manos estaban sudadas, como el volante. Se bajó los pantalones y observé sus muslos cubiertos de pelo negro rizado. Alrededor de su miembro ocurría algo similar, apenas era visible entre tanto vello púbico.

Había vuelto a quedarme sin blanca, y no había cosa que odiase más que chupar pollas de taxistas. En ocasiones hacía autoestop, pero era algo más peliagudo. Total, ya había aprendido a aguantar mis arcadas. 

A pesar de todo lo que me costaba aquel medio de transporte, nunca hacía que me acercasen hasta casa, siempre solía bajar tres o cuatro manzanas antes. Generalmente los tipos que dicen que sí a una mamada a cambio de un viaje en taxi no suelen ser los típicos que quieres que sepan donde vives. A la mínima se piensan que te prostituyes por gusto.

"No soy una puta... No, no. No lo soy", pensaba intentando convencerme a mí misma, "Esto sólo es... Temporal".

Caminando por las serpenteantes calles de las afueras de la capital, me sumí en mis convicciones. 
El viento helado corroía mi cuello y cortaba mis labios secos. Las luces de las farolas filtrándose entre las ajetreadas hojas de los árboles recreaban aquel ambiente inmerso en llamas, mi infierno, aquella mente incendiada y la pasión irrefrenable por besar los fríos bordes de la botella de whisky que me esperaba por las noches al volver a casa.

Congelado en el tiempo, mi mundo ardía, pero seguía conservando parte de mi dignidad.


sábado, 31 de agosto de 2013

Los almendros

 Nací en el siglo pasado.
Me crié en el campo, donde brotaban matojos alérgenos, y los perros corrían persiguiendo gatos salvajes. Ya en enero comenzaban los almendros a mostrar aquellas delicadas flores rosadas, tan pálidas que las ramas parecían sostener coágulos de nieve.

Un almendro reinaba en el centro del terreno. La piedra del suelo lo rodeaba dejando un círculo de tierra para aquel árbol de belleza tan aparentemente frágil, pero tan serio y supremo en comparación con los demás. Solía rozar sus flores suavemente cada vez que pasaba por su lado, estirando los brazos debido a mi baja estatura.

Pasaron los años, y para cuando ya podría haber alcanzado aquellos copos rosados, ellos ya no seguían allí. Su madera oscura se volvió casi negra, y aquellas flores albinas nunca más resurgieron. 

Con su fin cesó el silencio y la tranquilidad. Los cielos se oscurecieron un poco más cada año, los eternos campos de pasto dorado se desfiguraron y se volvieron carreteras grises infinitas, y el cielo escondió a sus estrellas. Entonces me di cuenta de que nuestro reloj vital había empezado la cuenta atrás hacía ya mucho, y de que todo, finalmente, sería nada.

Algún día quizá mi mente recuerde la imagen de aquellos árboles de mi infancia como un simple sueño.



 

Críptica

Cuando ya me había quitado toda la ropa, encendí el reproductor de mp3. 
Hacía unos meses que escuchaba siempre el mismo grupo cuando me duchaba, supongo que me había estancado, como en muchas otras cosas.

Me desnudaba evitando mirar mi pálida silueta reflejada en el espejo del baño. Nunca había aceptado mi cuerpo, me negaba a reconocer que aquellas tetas descolgadas estuviesen pegadas a mí, al igual que la grasa que hacía de mis caderas y muslos algo espantoso. Ahora, encima, había engordado algo más. No sabía muy bien cómo, pero una considerable cantidad de ambos sexos seguía viéndome atractiva. Follaba, vamos, así que a los ojos de la sociedad no debía de ser tan terrible.
 
Hacía ya un par de meses, que me sentaba en el plato de la ducha y dejaba que el agua cayese sobre mi cuerpo encogido, como si de lluvia se tratase. Desde que caí en depresión, me resultaba imposible ducharme erguida. El agua caliente destensaba mis músculos, tanto que mis piernas eran incapaces de soportar el peso de mi cuerpo, como si la fuerza de la gravedad en aquella habitación se triplicase. Así funcionaban las cosas desde que aquella enfermedad me había abatido.
 
La gran mayoría de las veces pasaba horas bajo el agua, llorando. Otras intentaba concentrarme en la letra de las canciones en inglés, que sabía de memoria, y otras me masturbaba.


Lo de la masturbación resultaba chocante. Se trataba de caer en el placer intentando negar la tristeza, como un alcohólico que bebe para evadirse. Si no pensase que es imposible diría que ni siquiera sentía excitación, era algo más bien mecánico. Resultaba efectivo durante un  rato, pero nada más. Había veces en las que incluso terminaba haciendo las tres cosas; intentaba seguir la letra de las canciones mientras me tocaba, lo que hacía del acto, si cabe, algo mucho más frío, y al pensar en lo ridículo que era, en un chispazo de razón, o quizá de locura, me echaba a llorar.
 

Pensaba que llegaría un día en el que el sumidero me tragaría. Si alguna vez me pasaba aquello, no opondría resistencia, lo sabía. Me lo merecía.
 
Quizás porque había perdido la cordura del todo.




lunes, 17 de junio de 2013

Velas reflejadas

La puerta quedó a un milímetro de cerrarse.
Una vez a solas me incorporé y me puse mi ropa interior y la camiseta.

Sólo dos velas pequeñas iluminaban la estancia. Me acerqué a la ventana y observé su reflejo, aquellas llamas cálidas y difusas en el cristal. Podía ver las farolas del puente, y el triste río, pero mi visión sólo enfocaba aquel torcido reflejo.

Era casi pleno verano, pero sentía frío.
Recordé lo sucedido, su cuerpo rodeándome, tensándose con cada embestida, la textura de la sábana, el calor... Todo había pasado, al igual que el fuego consumiría las velas, tan rápido... Tan efímero como nuestras vidas.

Al volverme para sentarme sobre la cama, descubrí la mancha de sangre.


Sólo era el tráiler de mi película, de la cual ya sabía el final. Quizá que la gravedad siguiese sometiendo a la arena del reloj ya no importase. Quizá tampoco el poder ver aquel reflejo de luz...

Él entró, me acerqué, y nos abrazamos en silencio.
Puede que sólo el placer, los besos, las extremidades enredadas, los gritos, los cuerpos, las sensaciones, fueran necesarios, aunque no fuesen a retrasar mi final.

El abrazo, para no desentonar, murió demasiado pronto.