Me senté en mi asiento del tren; el primero del último vagón, ventanilla. Desplegué la mesilla y abandoné a su suerte mi nuevo medio de comunicación, aquella enorme tablet que ahora sustituía a mi móvil, cuya pantalla hice añicos contra el aristado suelo de mi cólera.
Ahora simplemente vivía mejor sabiendo que resultaba más complicado ponerse en contacto conmigo.
Sumida en la extraña sensación del viajante solitario, me acomodé en la butaca. Observaba las vías mientras la gente comenzaba a rellenar asientos y a colocar sus pesadas maletas sobre los estantes. Mi delirio de libertad se desvanecía por momentos. Aquel flujo de descuidados e insolentes compañeros de viaje se reflejaba sobre el cristal como manchas difusas, cuyas risas y traqueteos de equipaje se traducían en mi cabeza como un efecto de retroalimentación acústica.
Era sorprendente ver cómo mi filantropía había concluido en repugnancia. En miradas de introversión. En odio, en definitiva. Quizá más hacia mí que hacia nadie.
"El odio, como el amor, también ciega", pensé. Y apoyando los codos sobre la mesilla masajeé mis párpados. Conseguí dejar la mente en blanco hasta que escuché cómo una chica ocupaba el asiento contiguo. Abrió la mesilla e instaló sobre ella toda una merendola. Rezaba por que su refresco no se derramase sobre mis libros. Sacudía su bolsa de ganchitos para poder alcanzar los del fondo. Se chupaba los dedos y tocaba la pantalla táctil de su móvil.
Suficiente.
Me levanté cogiendo rápidamente el bolso y los libros.
—Perdona —le dije, casi a punto de saltar sobre ella —, ¿me dejas?
—Sí —contestó apresuradamente.
Se levantó de forma brusca, tirando dos patatas al suelo. No la miré a la cara. No quería saber nada de ella, simplemente atravesé el pasillo, intentando no pisar sus despojos, con la mayor rapidez posible.
Salí del coche 8 con una sensación de ahogo. Me apoyé sobre la puerta del aseo. Nadie miraba.
Pensé en entrar y encerrarme allí, pero aquella opción podía suponer un espacio menos antihigiénico que mi compañera de butaca. La descarté y caminé hacia el coche 7. La puerta corredera de cristal se abrió a apenas unos pocos centímetros de mí.
Sabía que la cafetería se encontraba en el coche 4.
Atravesaba los coches. Todos los asientos ocupados. Una enorme cantidad de piernas estiradas, de gente que no se molestaba en recoger sus extremidades inferiores para facilitar el paso a alguien. Ojalá hubiese llevado una motosierra en cada mano.
Coche 7, coche 6, coche 5...
La oscilación del vagón resultaba de repente un agradable contoneo. Nadie levantaba la mirada para examinarme. El tren, avanzando en dirección contraria, pareció acelerar. Mis pasos lentamente iban descoordinándose con la velocidad a la que los pasajeros iban quedando atrás. Pronto se convirtieron de nuevo en manchas coloridas de flujo transitorio. Dejé de sentir las piernas, aunque sabía que caminaba.
No sabes hacia dónde caminas realmente.
¿Cuál es el destino de ellos?
¿Quién eres tú, que te opones a todos?Era de noche, pero la luz de las bombillas de lectura comenzó a cegarme. Todas las luces me engulleron. Todo fue inundado por aquella creciente claridad. Blanco absoluto. Silencio.
¿Quién eres?Sentí que pasaron horas dentro de aquella fantasía. Poco a poco volví a sentir mis pasos a través del pasillo.
La noche regresó y la puerta de la cafetería se abrió de repente.
(...)