Mi madre me había dicho que fuese a pasar el rato a casa de Ana, una chica de mi edad que vivía en el edificio de enfrente. Me gustaba jugar con ella, tenía una sonrisa estupenda y se le arrugaban mucho los ojos cuando se reía. Era una niña muy simpática, eso me gustaba, a veces me entretenía incluso más que dejarme caer con la bici oxidada por el pavimento en pendiente de la calle de casa.
Estaba nublado... Pero hacía un calor agobiante, húmedo, típico de la costa.
Ana jugaba conmigo a los coches, yo chocaba el mío contra el suyo constantemente.
La madre de Ana se asomó al salón y me habló.
"Fer, creo que te están llamando por la ventana."
Dejé el coche púrpura en las manos de Ana y al asomarme vi a mi tía, que sacando medio cuerpo por la ventana de casa me decía que volviese ya.
Hice un gesto de despedida con la mano y Ana me lo devolvió con una sonrisa y sus ojos arrugados. Al cerrar la puerta de su casa coloqué mi mano sobre la boca a modo de trompetilla, y crucé la calle entera tarareando el mítico toque de carga del séptimo de caballería.
Al entrar en casa me encontré con el salón abarrotado de gente. Todos vestidos de negro con cara larga. Una mujer se secaba las lágrimas.
"Lo siento, hijo", me dijo el marido de la vecina de arriba. Le observé confundido.
Entonces vi aparecer a mi madre por el pasillo, también vestida de oscuro. Se agachó y situó su cabeza muy cerca de la mía, a mi altura.
- Fernandito, el papá... Tu ya sabes que él estaba muy enfermo... Se ha ido al cielo y no va a volver a vernos, pero tú no tienes que estar triste, ¿vale?, él se va a encontrar mucho mejor allí y va a estar bien por fin.
- Vale...
Agaché la cabeza y miré al suelo estirándome de la camisa azul que llevaba manchada de algo marrón. Ella continuaba mirándome y me acariciaba el pelo.
"...Maldita tuberculosis..." murmuró un hombre que fumaba sentado en el sofá.
- Y mamá... -le dije- ¿Tú crees que el papá, allí en el cielo, le contará esos chistes de mierda a Dios?
Mi madre, con los ojos empañados, no pudo hacer más que reírse y abrazarme.
domingo, 6 de julio de 2014
martes, 11 de marzo de 2014
Dyed green love
Desde que había roto con él, salía todas las noches.
Nadie me esperaba al volver a casa.
Había dejado de importarme el tiempo. Los cuándos, los cómos, y los por qués.
Me acostaba borracha, y me levantaba borracha. Ni el alcohol en exceso conseguía quitarme el insomnio, y ya no pensaba. Ni en él, ni en nada. Era justo lo que quería.
Aquella noche, cuando entré en la tasca, ya estaba abarrotada. Posiblemente fuese ya tarde, quién sabe, ya no existían relojes para mí.
Me saludaron, saludé, pero mi objetivo era la barra.
Hoy, después de muchos días ignorando mi verdadera situación, había caído. Había pensado en él, en lo nuestro. Estaba enfadada conmigo misma, y ansiaba volver a ese estado indiferente con aroma a ron barato.
Hoy, después de muchos días ignorando mi verdadera situación, había caído. Había pensado en él, en lo nuestro. Estaba enfadada conmigo misma, y ansiaba volver a ese estado indiferente con aroma a ron barato.
Un tipo se acercó y me preguntó si estaba sola. Ni siquiera aparté la vista del vaso, seguro que su cara no era mucho más interesante. Le contesté con un "no" bastante seco, o al menos eso me pareció dentro de mi creciente embriaguez, pero el tipo empezó a enrollarse como una maldita persiana.
- ...¿seguro?, oye, me encanta ese tatu que llevas en el cuello, te da un aire muy malote...
Le miré.
En efecto, era más interesante el culo de mi vaso que su asquerosa cara.
- Lárgate, ¿quieres?
El tío soltó un bufido y se escurrió entre la gente hasta que le perdí de vista.
Fue entonces, mirando entre todos aquellos cuerpos en movimiento, cuando divisé una cresta verde.
Abandoné la barra al terminar mi bebida, y después de unos cuantos empujones, conseguí acariciar aquel pelo deshidratado por las innumerables decoloraciones.
Alaitz se giró casi ronroneando y me abrazó.
Ni siquiera había mirado a quién iba a estrujar. Ella era así.
Sentía sus fríos piercings en mi cuello.
Entonces se separó un poco de mi cuerpo y me miró.
- ¡Wooooo... Qué ganas tenía de verte, no me preguntes por qué!
Y volvió a rodearme.
Iba ciega, como de costumbre, pero su dulzura venía por defecto, no como el hablar excesivamente rápido; eso era lo que la delataba cuando bebía demasiado.
Tras unas cuantas horas nocturnas de ingesta masiva de chupitos, entradas y salidas del garito para fumar, risas provocadas por el concurso de imitación de sonidos de gatos, y otras que carecían de motivo aparente, nos encontramos en medio del local ya casi vacío.
Alaitz reposaba su cabeza sobre mi hombro, y yo la sujetaba por la cintura.
Había bebido, no demasiado, sólo lo de siempre, lo cual para una persona sin mis paulatinos problemas del alcoholismo habría sido una dosis bastante contundente... Pero me encontraba bien.
Permanecimos allí, inmóviles, hasta que ella alzó su cabeza y me besó en los labios.
Sentía aquel aro atravesando el centro de su labio inferior, y cómo su septum de acero chocaba contra el mío. Mi mente funcionaba con torpeza, pero analicé cada segundo de aquel suceso inesperado.
Caminando hacia casa cogiéndola por la cintura, observaba el efecto del recién desvelado Sol sobre su pelo, y cómo brillaba la tinta negra de su fresco tatuaje en el hombro. Los ancianos por la calle se escandalizaban. Inestables borrachas... Cómo amaba aquello.
(...)
El tío soltó un bufido y se escurrió entre la gente hasta que le perdí de vista.
Fue entonces, mirando entre todos aquellos cuerpos en movimiento, cuando divisé una cresta verde.
Abandoné la barra al terminar mi bebida, y después de unos cuantos empujones, conseguí acariciar aquel pelo deshidratado por las innumerables decoloraciones.
Alaitz se giró casi ronroneando y me abrazó.
Ni siquiera había mirado a quién iba a estrujar. Ella era así.
Sentía sus fríos piercings en mi cuello.
Entonces se separó un poco de mi cuerpo y me miró.
- ¡Wooooo... Qué ganas tenía de verte, no me preguntes por qué!
Y volvió a rodearme.
Iba ciega, como de costumbre, pero su dulzura venía por defecto, no como el hablar excesivamente rápido; eso era lo que la delataba cuando bebía demasiado.
Tras unas cuantas horas nocturnas de ingesta masiva de chupitos, entradas y salidas del garito para fumar, risas provocadas por el concurso de imitación de sonidos de gatos, y otras que carecían de motivo aparente, nos encontramos en medio del local ya casi vacío.
Alaitz reposaba su cabeza sobre mi hombro, y yo la sujetaba por la cintura.
Había bebido, no demasiado, sólo lo de siempre, lo cual para una persona sin mis paulatinos problemas del alcoholismo habría sido una dosis bastante contundente... Pero me encontraba bien.
Permanecimos allí, inmóviles, hasta que ella alzó su cabeza y me besó en los labios.
Sentía aquel aro atravesando el centro de su labio inferior, y cómo su septum de acero chocaba contra el mío. Mi mente funcionaba con torpeza, pero analicé cada segundo de aquel suceso inesperado.
Caminando hacia casa cogiéndola por la cintura, observaba el efecto del recién desvelado Sol sobre su pelo, y cómo brillaba la tinta negra de su fresco tatuaje en el hombro. Los ancianos por la calle se escandalizaban. Inestables borrachas... Cómo amaba aquello.
(...)
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