La
puerta quedó a un milímetro de cerrarse.
Una
vez a solas me incorporé y me puse mi ropa interior y la camiseta.
Sólo dos velas pequeñas iluminaban la estancia. Me acerqué a la ventana y observé su reflejo, aquellas llamas cálidas y difusas en el cristal. Podía ver las farolas del puente, y el triste río, pero mi visión sólo enfocaba aquel torcido reflejo.
Era casi pleno verano, pero sentía frío.
Recordé lo sucedido, su cuerpo rodeándome, tensándose con cada embestida, la textura de la sábana, el calor... Todo había pasado, al igual que el fuego consumiría las velas, tan rápido... Tan efímero como nuestras vidas.
Al volverme para sentarme sobre la cama, descubrí la mancha de sangre.
Sólo
era el tráiler de mi película, de la cual ya sabía el final. Quizá
que la gravedad siguiese sometiendo a la arena del reloj ya no
importase. Quizá tampoco el poder ver aquel reflejo de
luz...
Él entró, me acerqué, y nos abrazamos en silencio.
Puede que sólo el placer, los besos, las extremidades enredadas, los gritos, los cuerpos, las sensaciones, fueran necesarios, aunque no fuesen a retrasar mi final.
El abrazo, para no desentonar, murió demasiado pronto.

Él entró, me acerqué, y nos abrazamos en silencio.
Puede que sólo el placer, los besos, las extremidades enredadas, los gritos, los cuerpos, las sensaciones, fueran necesarios, aunque no fuesen a retrasar mi final.
El abrazo, para no desentonar, murió demasiado pronto.
