Caminábamos
por la calle donde él siempre aparcaba el coche. Los rayos del Sol
caían de forma transversal, casi como una caricia de calidez sobre
nuestros apagados cuerpos.
A unos pocos metros, una pareja de ancianos nos estudiaba. Ella descansaba sobre su andador, y él nos observaba de pie, inmóvil. Se resguardaban bajo la sombra de una palmera. No podía apartar la vista de ellos, a pesar de lo violento que resultaba, pues los dos me miraban fijamente.
Hacía tiempo que una sensación muy extraña me invadía cada vez que me encontraba con un anciano. Tan cercanos a la muerte... Me sentía triste. Se me encogía absurdamente el corazón. ¿Por qué a una persona joven iba a quitarle el sueño pensar en la muerte?
No se borraba de mi mente aquel camino entre tierras áridas, custodiado por esos árboles solemnes: los cipreses, que serían finalmente los que guiarían a mi exánime cuerpo a su final, a la casa más silenciosa en la que residiría jamás.
Sin embargo, día tras día, la muerte no hacía más que reírse de mí, con guiños como el de aquellos dos ancianos que ahora intercambiaban miradas de complicidad, y que parecían más felices de lo que él y yo seríamos nunca.
Publicación original en http://www.schattenimdecadence.blogspot.com.es/
ResponderEliminar11/07/2012 (21:22)