Cuando las luces de su coche dejaron de iluminar el camino de entrada al campo donde me había criado, cerré la puerta y apoyé mi espalda sobre ella. Miré al cielo, como hacía siempre, buscando la Luna y las estrellas que formaban esas constelaciones que ya sabía de memoria, sin embargo las gotas de lluvia distorsionaron mi visión, o quizá fuesen mis lágrimas; igual daba. Me sentí perdida, sola, y sin nadie que curase este cáncer que poco a poco iba emponzoñando mi cuerpo y mi mente.
En la húmeda oscuridad, ni siquiera fui capaz de moverme ni un milímetro. Deseaba tanto llorar... Desintoxicarme de aquella pesada carga de la que únicamente yo podía librarme, pero no sabía, ni podía; ni sé, ni puedo.
Así me siento ahora, como aquella noche de octubre.
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