sábado, 24 de noviembre de 2012

Tragicomedia

En Baja California era verano. Hacía calor, y el sol de media tarde iluminaba la estancia mostrando los escombros de un váter arrancado. Valeria se encontraba tirada en el suelo de su aseo, en una postura que parecía advertir que todas sus articulaciones estaban dislocadas. Parte de la cortina amarilla de la tina estaba descolgada debido a algún tirón brusco, y al reposar sobre la bañera, la había pisado con su espalda. En otras circunstancias, se habría subido a una silla, o quizá al todavía existente inodoro, y habría colocado en su lugar la tela y las anillas, pero no en aquel momento. Ahora ya daba igual.

Sentada allí, pensaba en lo ridícula que resultaba aquella escena. Ni siquiera tenía váter donde poder reposar su dolorida cabeza, y en México, todavía no sabía por qué, no usaban bidés. De todas formas no iba a moverse de allí, de aquella habitación llena de polvo, trozos de suelo, y azulejos rotos... Se sentía, sorprendentemente, bien. 

Tenía el móvil en la mano, no recordaba por qué no se había deshecho de él todavía, pero decidió usarlo para ponerle banda sonora a su suicidio. En especial, le gustaba mucho una canción, sin voz, únicamente con un piano y el sonido de la lluvia; lenta, y para ella, esperanzadora. Eligió aquella. Aquel piano parecía hablarle de un futuro mejor, de una nueva fase en su vida, puede que al norte de Europa, donde se crió, una etapa en la que fuese, por fin, feliz. Resultaba irónico, ahora que había decidido quitarse la vida.

Cuando sintió que las lágrimas se mezclaban con el sudor de sus mejillas, irremediablemente, en un espasmo de locura, comenzó a reír. Todo era tan tristemente ridículo...
Recordó que quizá debería dejar un mensaje, algo significativo, alguna frase trascendental para que todo quedase más ordenado, "un suicidio con, al menos, algo de clase", pensó. Y entre risas y secándose las lágrimas, intentando ignorar las náuseas que la sobredosis de pastillas para combatir el insomnio le comenzaban a provocar, escribió algo en su móvil, sin parar su banda sonora, y lo dejó sobre el lavabo estirando el brazo, el cual le pesaba como si éste fuese su tan añorado inodoro.

A los seis minutos de canción, terminada ya la melodía del piano y con sólo, de fondo, el sonido artificial de la lluvia, Valeria cayó al suelo deslizándose lateralmente por la pared de la bañera, todavía con lágrimas sobre su rostro, muerta.

Un hombre entró cuando el cielo estaba ya teñido por el rosa y el naranja del crepúsculo. Era, posiblemente, alguno de sus exnovios, y al contemplar el cadáver de ella, se derrumbó sobre sus rodillas y apoyó su frente sobre las ya frías manos de ella. 

Gritó varias veces que la amaba, abrazándola, pero a ella ya no le importaba.

Antes de salir de aquella habitación medio en ruinas, escuchó el pitido de un móvil. Lo buscó con la mirada y lo encontró sobre el mármol del lavabo. Era una alerta de batería baja, y justo antes de que la pantalla se volviese negra, consiguió leer un SMS que no se había enviado aún, sin destinatario:

"Echo de menos la lluvia"


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