domingo, 6 de julio de 2014

Los chistes de mierda

Mi madre me había dicho que fuese a pasar el rato a casa de Ana, una chica de mi edad que vivía en el edificio de enfrente. Me gustaba jugar con ella, tenía una sonrisa estupenda y se le arrugaban mucho los ojos cuando se reía. Era una niña muy simpática, eso me gustaba, a veces me entretenía incluso más que dejarme caer con la bici oxidada por el pavimento en pendiente de la calle de casa.

Estaba nublado... Pero hacía un calor agobiante, húmedo, típico de la costa.
Ana jugaba conmigo a los coches, yo chocaba el mío contra el suyo constantemente.

La madre de Ana se asomó al salón y me habló.
"Fer, creo que te están llamando por la ventana."


Dejé el coche púrpura en las manos de Ana y al asomarme vi a mi tía, que sacando medio cuerpo por la ventana de casa me decía que volviese ya.
Hice un gesto de despedida con la mano y Ana me lo devolvió con una sonrisa y sus ojos arrugados. Al cerrar la puerta de su casa coloqué mi mano sobre la boca a modo de trompetilla, y crucé la calle entera tarareando el mítico toque de carga del séptimo de caballería.


Al entrar en casa me encontré con el salón abarrotado de gente. Todos vestidos de negro con cara larga. Una mujer se secaba las lágrimas. 
"Lo siento, hijo", me dijo el marido de la vecina de arriba. Le observé confundido.

Entonces vi aparecer a mi madre por el pasillo, también vestida de oscuro. Se agachó y situó su cabeza muy cerca de la mía, a mi altura.
- Fernandito, el papá... Tu ya sabes que él estaba muy enfermo... Se ha ido al cielo y no va a volver a vernos, pero tú no tienes que estar triste, ¿vale?, él se va a encontrar mucho mejor allí y va a estar bien por fin.
- Vale...

Agaché la cabeza y miré al suelo estirándome de la camisa azul que llevaba manchada de algo marrón. Ella continuaba mirándome y me acariciaba el pelo.

"...Maldita tuberculosis..." murmuró un hombre que fumaba sentado en el sofá.

- Y mamá... -le dije- ¿Tú crees que el papá, allí en el cielo, le contará esos chistes de mierda a Dios?

Mi madre, con los ojos empañados, no pudo hacer más que reírse y abrazarme.

martes, 11 de marzo de 2014

Dyed green love

 Desde que había roto con él, salía todas las noches.
Nadie me esperaba al volver a casa.

Había dejado de importarme el tiempo. Los cuándos, los cómos, y los por qués. 
Me acostaba borracha, y me levantaba borracha. Ni el alcohol en exceso conseguía quitarme el insomnio, y ya no pensaba. Ni en él, ni en nada. Era justo lo que quería.

Aquella noche, cuando entré en la tasca, ya estaba abarrotada. Posiblemente fuese ya tarde, quién sabe, ya no existían relojes para mí. 
Me saludaron, saludé, pero mi objetivo era la barra.

Hoy, después de muchos días ignorando mi verdadera situación, había caído. Había pensado en él, en lo nuestro. Estaba enfadada conmigo misma, y ansiaba volver a ese estado indiferente con aroma a ron barato.

Un tipo se acercó y me preguntó si estaba sola. Ni siquiera aparté la vista del vaso, seguro que su cara no era mucho más interesante. Le contesté con un "no" bastante seco, o al menos eso me pareció dentro de mi creciente embriaguez, pero el tipo empezó a enrollarse como una maldita persiana. 

- ...¿seguro?, oye, me encanta ese tatu que llevas en el cuello, te da un aire muy malote...

Le miré. 
En efecto, era más interesante el culo de mi vaso que su asquerosa cara. 

- Lárgate, ¿quieres?

El tío soltó un bufido y se escurrió entre la gente hasta que le perdí de vista.
Fue entonces, mirando entre todos aquellos cuerpos en movimiento, cuando divisé una cresta verde.

Abandoné la barra al terminar mi bebida, y después de unos cuantos empujones, conseguí acariciar aquel pelo deshidratado por las innumerables decoloraciones.
Alaitz se giró casi ronroneando y me abrazó.
Ni siquiera había mirado a quién iba a estrujar. Ella era así.
Sentía sus fríos piercings en mi cuello.


Entonces se separó un poco de mi cuerpo y me miró.

- ¡Wooooo... Qué ganas tenía de verte, no me preguntes por qué!
Y volvió a rodearme. 

Iba ciega, como de costumbre, pero su dulzura venía por defecto, no como el hablar excesivamente rápido; eso era lo que la delataba cuando bebía demasiado.

Tras unas cuantas horas nocturnas de ingesta masiva de chupitos, entradas y salidas del garito para fumar, risas provocadas por el concurso de imitación de sonidos de gatos, y otras que carecían de motivo aparente, nos encontramos en medio del local ya casi vacío. 
Alaitz reposaba su cabeza sobre mi hombro, y yo la sujetaba por la cintura.

Había bebido, no demasiado, sólo lo de siempre, lo cual para una persona sin mis paulatinos problemas del alcoholismo habría sido una dosis bastante contundente... Pero me encontraba bien. 
Permanecimos allí, inmóviles, hasta que ella alzó su cabeza y me besó en los labios.
Sentía aquel aro atravesando el centro de su labio inferior, y cómo su septum de acero chocaba contra el mío. Mi mente funcionaba con torpeza, pero analicé cada segundo de aquel suceso inesperado.



Caminando hacia casa cogiéndola por la cintura, observaba el efecto del recién desvelado Sol sobre su pelo, y cómo brillaba la tinta negra de su fresco tatuaje en el hombro. Los ancianos por la calle se escandalizaban. Inestables borrachas... Cómo amaba aquello.

(...)

miércoles, 6 de noviembre de 2013

"Lo perdido se asume, lo que queda se defiende"

Sus manos estaban sudadas, como el volante. Se bajó los pantalones y observé sus muslos cubiertos de pelo negro rizado. Alrededor de su miembro ocurría algo similar, apenas era visible entre tanto vello púbico.

Había vuelto a quedarme sin blanca, y no había cosa que odiase más que chupar pollas de taxistas. En ocasiones hacía autoestop, pero era algo más peliagudo. Total, ya había aprendido a aguantar mis arcadas. 

A pesar de todo lo que me costaba aquel medio de transporte, nunca hacía que me acercasen hasta casa, siempre solía bajar tres o cuatro manzanas antes. Generalmente los tipos que dicen que sí a una mamada a cambio de un viaje en taxi no suelen ser los típicos que quieres que sepan donde vives. A la mínima se piensan que te prostituyes por gusto.

"No soy una puta... No, no. No lo soy", pensaba intentando convencerme a mí misma, "Esto sólo es... Temporal".

Caminando por las serpenteantes calles de las afueras de la capital, me sumí en mis convicciones. 
El viento helado corroía mi cuello y cortaba mis labios secos. Las luces de las farolas filtrándose entre las ajetreadas hojas de los árboles recreaban aquel ambiente inmerso en llamas, mi infierno, aquella mente incendiada y la pasión irrefrenable por besar los fríos bordes de la botella de whisky que me esperaba por las noches al volver a casa.

Congelado en el tiempo, mi mundo ardía, pero seguía conservando parte de mi dignidad.


sábado, 31 de agosto de 2013

Los almendros

 Nací en el siglo pasado.
Me crié en el campo, donde brotaban matojos alérgenos, y los perros corrían persiguiendo gatos salvajes. Ya en enero comenzaban los almendros a mostrar aquellas delicadas flores rosadas, tan pálidas que las ramas parecían sostener coágulos de nieve.

Un almendro reinaba en el centro del terreno. La piedra del suelo lo rodeaba dejando un círculo de tierra para aquel árbol de belleza tan aparentemente frágil, pero tan serio y supremo en comparación con los demás. Solía rozar sus flores suavemente cada vez que pasaba por su lado, estirando los brazos debido a mi baja estatura.

Pasaron los años, y para cuando ya podría haber alcanzado aquellos copos rosados, ellos ya no seguían allí. Su madera oscura se volvió casi negra, y aquellas flores albinas nunca más resurgieron. 

Con su fin cesó el silencio y la tranquilidad. Los cielos se oscurecieron un poco más cada año, los eternos campos de pasto dorado se desfiguraron y se volvieron carreteras grises infinitas, y el cielo escondió a sus estrellas. Entonces me di cuenta de que nuestro reloj vital había empezado la cuenta atrás hacía ya mucho, y de que todo, finalmente, sería nada.

Algún día quizá mi mente recuerde la imagen de aquellos árboles de mi infancia como un simple sueño.



 

Críptica

Cuando ya me había quitado toda la ropa, encendí el reproductor de mp3. 
Hacía unos meses que escuchaba siempre el mismo grupo cuando me duchaba, supongo que me había estancado, como en muchas otras cosas.

Me desnudaba evitando mirar mi pálida silueta reflejada en el espejo del baño. Nunca había aceptado mi cuerpo, me negaba a reconocer que aquellas tetas descolgadas estuviesen pegadas a mí, al igual que la grasa que hacía de mis caderas y muslos algo espantoso. Ahora, encima, había engordado algo más. No sabía muy bien cómo, pero una considerable cantidad de ambos sexos seguía viéndome atractiva. Follaba, vamos, así que a los ojos de la sociedad no debía de ser tan terrible.
 
Hacía ya un par de meses, que me sentaba en el plato de la ducha y dejaba que el agua cayese sobre mi cuerpo encogido, como si de lluvia se tratase. Desde que caí en depresión, me resultaba imposible ducharme erguida. El agua caliente destensaba mis músculos, tanto que mis piernas eran incapaces de soportar el peso de mi cuerpo, como si la fuerza de la gravedad en aquella habitación se triplicase. Así funcionaban las cosas desde que aquella enfermedad me había abatido.
 
La gran mayoría de las veces pasaba horas bajo el agua, llorando. Otras intentaba concentrarme en la letra de las canciones en inglés, que sabía de memoria, y otras me masturbaba.


Lo de la masturbación resultaba chocante. Se trataba de caer en el placer intentando negar la tristeza, como un alcohólico que bebe para evadirse. Si no pensase que es imposible diría que ni siquiera sentía excitación, era algo más bien mecánico. Resultaba efectivo durante un  rato, pero nada más. Había veces en las que incluso terminaba haciendo las tres cosas; intentaba seguir la letra de las canciones mientras me tocaba, lo que hacía del acto, si cabe, algo mucho más frío, y al pensar en lo ridículo que era, en un chispazo de razón, o quizá de locura, me echaba a llorar.
 

Pensaba que llegaría un día en el que el sumidero me tragaría. Si alguna vez me pasaba aquello, no opondría resistencia, lo sabía. Me lo merecía.
 
Quizás porque había perdido la cordura del todo.




lunes, 17 de junio de 2013

Velas reflejadas

La puerta quedó a un milímetro de cerrarse.
Una vez a solas me incorporé y me puse mi ropa interior y la camiseta.

Sólo dos velas pequeñas iluminaban la estancia. Me acerqué a la ventana y observé su reflejo, aquellas llamas cálidas y difusas en el cristal. Podía ver las farolas del puente, y el triste río, pero mi visión sólo enfocaba aquel torcido reflejo.

Era casi pleno verano, pero sentía frío.
Recordé lo sucedido, su cuerpo rodeándome, tensándose con cada embestida, la textura de la sábana, el calor... Todo había pasado, al igual que el fuego consumiría las velas, tan rápido... Tan efímero como nuestras vidas.

Al volverme para sentarme sobre la cama, descubrí la mancha de sangre.


Sólo era el tráiler de mi película, de la cual ya sabía el final. Quizá que la gravedad siguiese sometiendo a la arena del reloj ya no importase. Quizá tampoco el poder ver aquel reflejo de luz...

Él entró, me acerqué, y nos abrazamos en silencio.
Puede que sólo el placer, los besos, las extremidades enredadas, los gritos, los cuerpos, las sensaciones, fueran necesarios, aunque no fuesen a retrasar mi final.

El abrazo, para no desentonar, murió demasiado pronto.





sábado, 24 de noviembre de 2012

Tragicomedia

En Baja California era verano. Hacía calor, y el sol de media tarde iluminaba la estancia mostrando los escombros de un váter arrancado. Valeria se encontraba tirada en el suelo de su aseo, en una postura que parecía advertir que todas sus articulaciones estaban dislocadas. Parte de la cortina amarilla de la tina estaba descolgada debido a algún tirón brusco, y al reposar sobre la bañera, la había pisado con su espalda. En otras circunstancias, se habría subido a una silla, o quizá al todavía existente inodoro, y habría colocado en su lugar la tela y las anillas, pero no en aquel momento. Ahora ya daba igual.

Sentada allí, pensaba en lo ridícula que resultaba aquella escena. Ni siquiera tenía váter donde poder reposar su dolorida cabeza, y en México, todavía no sabía por qué, no usaban bidés. De todas formas no iba a moverse de allí, de aquella habitación llena de polvo, trozos de suelo, y azulejos rotos... Se sentía, sorprendentemente, bien. 

Tenía el móvil en la mano, no recordaba por qué no se había deshecho de él todavía, pero decidió usarlo para ponerle banda sonora a su suicidio. En especial, le gustaba mucho una canción, sin voz, únicamente con un piano y el sonido de la lluvia; lenta, y para ella, esperanzadora. Eligió aquella. Aquel piano parecía hablarle de un futuro mejor, de una nueva fase en su vida, puede que al norte de Europa, donde se crió, una etapa en la que fuese, por fin, feliz. Resultaba irónico, ahora que había decidido quitarse la vida.

Cuando sintió que las lágrimas se mezclaban con el sudor de sus mejillas, irremediablemente, en un espasmo de locura, comenzó a reír. Todo era tan tristemente ridículo...
Recordó que quizá debería dejar un mensaje, algo significativo, alguna frase trascendental para que todo quedase más ordenado, "un suicidio con, al menos, algo de clase", pensó. Y entre risas y secándose las lágrimas, intentando ignorar las náuseas que la sobredosis de pastillas para combatir el insomnio le comenzaban a provocar, escribió algo en su móvil, sin parar su banda sonora, y lo dejó sobre el lavabo estirando el brazo, el cual le pesaba como si éste fuese su tan añorado inodoro.

A los seis minutos de canción, terminada ya la melodía del piano y con sólo, de fondo, el sonido artificial de la lluvia, Valeria cayó al suelo deslizándose lateralmente por la pared de la bañera, todavía con lágrimas sobre su rostro, muerta.

Un hombre entró cuando el cielo estaba ya teñido por el rosa y el naranja del crepúsculo. Era, posiblemente, alguno de sus exnovios, y al contemplar el cadáver de ella, se derrumbó sobre sus rodillas y apoyó su frente sobre las ya frías manos de ella. 

Gritó varias veces que la amaba, abrazándola, pero a ella ya no le importaba.

Antes de salir de aquella habitación medio en ruinas, escuchó el pitido de un móvil. Lo buscó con la mirada y lo encontró sobre el mármol del lavabo. Era una alerta de batería baja, y justo antes de que la pantalla se volviese negra, consiguió leer un SMS que no se había enviado aún, sin destinatario:

"Echo de menos la lluvia"


martes, 6 de noviembre de 2012

Fracaso

Cuando las luces de su coche dejaron de iluminar el camino de entrada al campo donde me había criado, cerré la puerta y apoyé mi espalda sobre ella. Miré al cielo, como hacía siempre, buscando la Luna y las estrellas que formaban esas constelaciones que ya sabía de memoria, sin embargo las gotas de lluvia distorsionaron mi visión, o quizá fuesen mis lágrimas; igual daba. Me sentí perdida, sola, y sin nadie que curase este cáncer que poco a poco iba emponzoñando mi cuerpo y mi mente.

En la húmeda oscuridad, ni siquiera fui capaz de moverme ni un milímetro. Deseaba tanto llorar... Desintoxicarme de aquella pesada carga de la que únicamente yo podía librarme, pero no sabía, ni podía; ni sé, ni puedo.

Así me siento ahora, como aquella noche de octubre.